2017 – El Mito del Emigrante

Trazar un año no es tarea fácil. En retrospectiva se tiene la percepción de logros, errores y aprendizajes. A futuro, una ola de temores, retos, complejos personales y expectativas. Como ciclo, como transición, como reinicio, forma parte de nuestros mitos, de nuestras “declaraciones del ser”. Evolucionamos junto con ellos. Somos guiados por ellos.

Apenas tengo meses de emigrante, sin embargo, con el año nuevo intento imaginarme partiendo otra vez a un sitio desconocido. Se me hace más fácil plantearme incógnitas sobre mí y sobre mi entorno. Se me hace más fácil imaginar lo logrado antes de partir.

Independientemente del resultado del ejercicio, al final suele venirme a la mente el mito del emigrante, un relato que no recuerdo cómo llegué a escucharlo ni a recordarlo.

El mito del emigrante

Deuqnua Euq era una persona que siempre se expresaba con lo que parecían grandes enigmas, ello hacía entender que se trataba de alguien con mucha inteligencia y con un profundo entendimiento del mundo. Un filósofo. Según decían, y pude comprobar aquella tarde, su aspecto físico no distaba mucho de su forma de hablar.

Yo nunca creí en él. Al ser reconocido por habilidades de carácter trascendental levantaba inmediatamente mis sospechas, sin embargo, tuve la fortuna de intercambiar algunas palabras con él tan sólo unas horas antes de que todos partiéramos a lo desconocido.

Le hice tres simples preguntas y recuerdo con fidelidad sus aparentemente absurdas respuestas.

La primera pregunta que le hice se refería a cómo sobreviviría este mundo el paso del hombre, que según mi opinión, su destrucción era inevitable.

Deuqnua se limitó a decir: “O ve uno nuevo”.

Me quedé, en apariencia, pensando su respuesta. En realidad hice lo mismo con cada respuesta, repetirla 73 veces en mi cabeza para memorizarlas. Ya luego tendría tiempo para analizarlas.

Con la visión de un posible mundo nuevo continué preguntándole que si consideraba que su optimismo podría hacer la diferencia en nuestro futuro.

A lo que me dijo: “Animo, don, no domina”.

Luego de repetir su respuesta para poder transcribirla unas horas después le entregué mi última pregunta, “Este, nuestro mundo, ¿lo consideras influenciado por una fuerza superior?”

“Árbol es arte”, dice Deuqnua Euq,”ese dios, oí, vive rato caído. O dí, acota, ¡revivió! Soid ese que aunque decide, tras él, obra”.

Esa noche me recosté a intentar reflexionar a través de mi ventana. La gran migración venía sucediendo y en la madrugada que se avecinaba no habría excepción, pero, por supuesto, era Deuqnua Euq quien inundaba mis pensamientos. Mientras mi mirada ser perdía en el brillo de algunas estrellas entendí, como si despertara, que no existía principio ni fin, aquella noche, era la primera y la última. Esa noche era nada, era tan solo una más, pero para mi significaba todo. Comprendí que las manchas en aquél extraño ser tenían un sentido, que también yo era reflejo del universo, que la huida era entropía y nuestro mundo no se resistiría.

Creo que no me resistí y mencioné en voz alta, como si alguien me acompañara: “La realidad avanza desplazando a la ilusión”

En el instante en el que hablé, me golpeó otra verdad: Deuqnua Euq era el centro de nuestro universo, sus lunares eran espejo de las estrellas que nos observan día y noche, cada constelación se reflejaba en manchas sobre su piel, y sus palabras eran su génesis y apocalipsis.

Duelo A Garrotazos

En la oscuridad, hacia la llanura púrpura y profunda, el fuego de los hombres se acercaba. Francisco aún lo desconocía.

“Gracias por la cena”, mencionó el invitado haciendo concluir la sobremesa. Se levantaron y añadió, “ven conmigo”.

Bajaron y salieron de la cabaña.

Francisco iba unos pasos atrás de su invitado. Lo veía anciano y acabado. Sabía que era como encarar un espejo y detallarse sin prejuicios. Pensó en la lucha que lleva todo hombre dentro. “La de él no debe ser distinta. Siempre consideré al tiempo mi mayor enemigo. Día tras día viéndolo en contra, sin mediar palabra. De alguna forma así me quiso ver mi hijo. Nunca lo pude odiar, sin embargo, he sido su peor enemigo. Lo amo, me ama y me odia. El duelo, sea cual sea, va por dentro. ¿Cuál será su lucha?”.

Dieron la vuelta a la casa y allí estaba, a lo lejos, un intensa llama que inundaba la llanura.

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El Gran Cabrón Y San Benito

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“Si tuviese que ubicar un principio, tendría que hacerlo a la mitad de mi vida. Fue una época en la que no creía ni en dios ni en el diablo, sin embargo, el mundo que me rodeaba les veneraba y les temía. Para mi siempre fue fácil pedirle al Gran Cabrón y suplicarle a San Benito. Siempre fue muy fácil ver con soberbia la debilidad de quienes me acompañaban en los aquelarres y en los amaneceres de retumbes y repiques. Tardé muchos años en volver a entender, porque de muchacho lo entendía, que cuando engañas a los demás, al primero que engañas es a ti mismo”. El viento golpeaba el aún abundante y pajoso cabello del anciano. No existía ruido alguno, cuanto les rodeaba escuchaba.

Las montañas protegían el Norte y ocultaban el mar. Él, a pesar de tener años viviendo allí, nunca se había atrevido a subirlas y se sentía lo suficientemente viejo y cansado como para plantearse hacerlo antes de morir.

San-Benito-de-Aquelarre

Un Viejo y El Fraile Del Tiempo

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Fue una danza. Comenzó con un susurro que tomaba el viento y luego lo escondía. Fueron dos minutos y fue la eternidad. Entre ellos se hizo la nada y se hizo el fuego. Se hizo el hombre. Lo vieron corromperse, encontrarse y arrepentirse. Se hizo la esperanza, la idolatría y la venganza. Entre aquellos dos seres se contó una historia, que es toda historia, toda verdad y toda mentira.

El anciano se encontraba de cara a las montañas que se elevaban ante la cabaña, cuando sintió el peso a sus espaldas del que no se inmuta, del que no teme ni retrocede. Calló unos segundos. El peso se alivió. Temiendo la soledad, habló, “erré durante años, me traicioné y crecí. Celebré. Viví. San Benito, San Isidro, Yare, Santiago y Barlovento. Me reuní con la vida, con la luz, con tu magia y con la nada. Fui curandero, fui exceso y fui asceta. De alguna manera todo, lo mismo. En fin, lo siento si te he defraudado. Sé que aún queda mucho allá afuera”

“Nadie me defrauda, solo soy”, susurró aquél desde la oscuridad.

“Ayer vino el sordo. Se acercó y dijo que no me quería más aquí”, sonrió, su expresión cambió y su mente se trasladó a otra historia, “hace tanto que se fue. Seguramente conoces todo lo que ocurrió, ¿lo recuerdas?”

“No hay nada que recuerde. Eso ya deberías saberlo”, para el anciano era difícil grabarle la voz, era un tono ronco, sucio y dulce a la vez. Ya le había escuchado hablar año tras año y siempre fue incapaz de reproducirle en sus pensamientos.

“Te lo contaré entonces. Siento que, a pesar de todo lo vivido, sería el inicio de nuestra historia” La madera del balcón gritaba junto con el viento.

“Claro. Cuenta ahora todo lo que quieras, sin embargo, debes saber que en realidad se trata del final”

El fraile bajó la cara y deslizó sus dedos sobre su bastón. Alzó la mirada como si recordara ver y comenzó su relato.