Duelo A Garrotazos


En la oscuridad, hacia la llanura púrpura y profunda, el fuego de los hombres se acercaba. Francisco aún lo desconocía.

“Gracias por la cena”, mencionó el invitado haciendo concluir la sobremesa. Se levantaron y añadió, “ven conmigo”.

Bajaron y salieron de la cabaña.

Francisco iba unos pasos atrás de su invitado. Lo veía anciano y acabado. Sabía que era como encarar un espejo y detallarse sin prejuicios. Pensó en la lucha que lleva todo hombre dentro. “La de él no debe ser distinta. Siempre consideré al tiempo mi mayor enemigo. Día tras día viéndolo en contra, sin mediar palabra. De alguna forma así me quiso ver mi hijo. Nunca lo pude odiar, sin embargo, he sido su peor enemigo. Lo amo, me ama y me odia. El duelo, sea cual sea, va por dentro. ¿Cuál será su lucha?”.

Dieron la vuelta a la casa y allí estaba, a lo lejos, un intensa llama que inundaba la llanura.

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